Ciudad Húmeda

Sin título3

En Ciudad Húmeda, en el puerto de poniente, llevaba atracado no se sabe cuánto aquel barco que hace mucho dejó de cumplir su función como tal. Hasta él llegaba por las tardes gentes de todos los rincones de la ciudad para escuchar las aventuras que el capitán contaba a todos. Muchos años habían pasado desde que el patrón surcara los mares al mando de aquel navío.

Desde la cubierta se veía todo el puerto. Las maratonianas carreras de los niños animaban el desolado paisaje. Grandes pilas de bidones herrumbrosos cubrían gran parte del suelo sucio y aceitoso por las innumerables pérdidas de aceite de las máquinas que trabajaban en las tareas de repostaje y reparación de las naves que allí atracaban.

Incontables chimeneas expelían su negro humo a la atmósfera artificial que permitía la vida bajo la bóveda que cubría la ciudad y la protegía de la presión del agua, que sobre ella ejercía el océano.

Ciudad Húmeda era la única ciudad submarina que contaba con un puerto al que acudían los navíos para sus reparaciones. Grandes esclusas hacían posible el paso desde el exterior hasta el dique, impidiendo que el océano entrara en la cúpula destruyendo la ciudad.

El Capitán Isaías Meno, era uno de los pocos marineros del país que prefería surcar el mar sobre la superficie en vez de bajo ella, como era lo habitual.

Meno era un hombre solitario, reservado, pocas eran la veces que bajaba a la ciudad. Cuando lo hacía era por la necesidad de comprar víveres o algún que otro repuesto para las reparaciones que el mismo efectuaba a los barcos. Su única afición era dedicar algunos minutos a las personas que por las tardes acudían a su viejo buque a escuchar sus andanzas de marinero. A sus oyentes les llamaba mucho la atención las aventuras de Meno en tierra firme, la mayoría de ellos jamás estuvieron en la superficie. Les gustaba imaginarse la hierba verde de los prados y el color de los paisajes  vírgenes repletos de vegetación que el  Capitán les describía. Los más jóvenes disfrutaban más con las aventuras de asaltos de piratas y exploraciones de junglas pérdidas, que nadie había pisado.

No todas las aventuras eran ciertas, ellos lo sabían pero les daba igual, lo importante era pasar un buen rato en compañía del Capitán y de paso mitigar su soledad aunque solo fuera por un breve momento.

Cuando todos abandonaban el barco con la soledad como inseparable compañera, el veterano capitán acostumbraba a reflexionar apoyado sobre la barandilla de la amura de estribor. Observaba las densas columnas de humo que se elevaban hasta la misma cúpula donde el aire era reciclado. Parecía que todos se habían olvidado de las causas que les obligaron a colonizar el fondo de los mares. Ahora, también allí, estaban destruyéndolo todo —nunca aprenderemos— pensaba el Capitán.

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