Trazos III

III

La hoja no entraba por el ojo de la cerradura, la caja se reía de él, eso lo enfureció. Para difuminar su ira arrojo la navaja a la estantería frente a él donde quedó clavada, le costó trabajo sacarla del lomo ahora agujereado de aquel libro. Mirándola sobre su mano creyó encontrar la solución. Pulso sobre el adorno y las cuatro cartas fueron desapareciendo en el interior de la madera una tras otra, cuando la última se ocultó la empuñadura se separó dejando al descubierto una pequeña y extraña llave. Sin duda el final a su búsqueda, el acceso a los secretos.

Al introducirla un escalofrió le recorrió todo el cuerpo. La luz de la habitación parpadeo, el viento abrió la ventana echando al aire todos los papeles desordenados en la estancia. La luz se apagó por completo durante varios segundos, al abrir la caja todo el ambiente enrarecido volvió a la normalidad.

El olor a madera nueva que escapó de su interior no contrastaba con la apariencia externa del estuche. Lápices de distintas durezas, colores de acuarelas, pinceles, una regla, gomas de borrar, un sacapuntas, un sinfín de útiles de dibujo. Eso solo en la parte superior, al retirar la primera batea Dani encontró un bloc de dibujo seminuevo debajo. Más tranquilo se acomodó para examinarlo detenidamente. Sobre la mesa estuvo varios segundos indeciso, fascinado por el descubrimiento.

La primera ilustración le maravilló. Un puente de madera en perspectiva desde uno de sus extremos se perdía en la profundidad del paisaje hasta la otra orilla, un río bravo discurría bajo él. En primer plano un paraguas apoyado en la balaustrada, cerrado, solitario, abandonado. ̶ La técnica es perfecta ̶ pensó. En la esquina inferior derecha una fecha “mayo 1945” y las iniciales “A.R.G”

En la siguiente página un bonito parque infantil, con sus columpios, toboganes, un tiovivo con su lona multicolor y un puesto de helados que rompía el horizonte. Un lugar idílico a la vez que triste. La soledad del paisaje se hacía palpable. Su abandono, a pesar de su aspecto impecable, lo hacía resaltar el autor con aquella solitaria bicicleta apoyada en uno de los bancos de listones blancos sobre el que se quedó una solitaria y pequeña canasta de picnic. Un mantel a cuadros extendido en la hierba y una botella de vino abierta junto a dos vasos.

Dani reparó en la firma. No coincidía con la anterior ilustración, su afición al dibujo solo hizo que la rúbrica le confirmará lo que ya sabía.

Así uno tras otro los dibujos compartían un común denominador: los paisajes.

Dani  era más de retratos, paisajes dinámicos y llenos de vida, playas repletas de gente, personas, caras, expresiones. Aunque últimamente se hallaba algo melancólico por el nuevo cambio de vida, lugares, amigos. Los echaba de menos.

Todavía quedaban páginas libres para llenarlas de trazos, descargar su frustración, relajarse por un instante.


La casa nuevamente vacía, desprovista de muebles, de sentimientos, pero llena de dolor, de una pena irreparable.

La familia, o lo que quedaba de ella tenía que volver a mudarse después de cinco años llenos de depresiones, discusiones, antidepresivos e interminables momentos de espera. Los peores momentos  para Vanesa y Alfredo.

Habían pasado cuatro años y medio desde la desaparición de Dani y todavía recordaban aquel maldito día, con el jardín delantero lleno de coches de policía con sus luces intermitentes azules y rojas. Un mes esperando una llamada de los secuestradores, que apareciera el cuerpo de Dani, o se presentara en casa de repente. Un halo de esperanza. El padre dolido pero resignado, la madre rota por la pérdida de su hijo y la incomprensible resignación de su marido. Ella en el fondo esperaba día tras día la vuelta de su hijo.

Los dos abrazados mirando lo que fue el peor hogar de su «feliz» matrimonio dieron media vuelta, cerraron la puerta y se marcharon.

La trampilla que ocultaba el acceso al desván volvió a dejar escapar la luz entre sus rendijas. El interior estaba impecable, recién limpia tal como Dani la dejó. Donde la policía científica no pudo encontrar ninguna pista válida, todo estaba en orden.

En la habitación oculta a todos los ojos ajenos a la adolescencia, el viento removió las hojas del bloc de dibujo. En su última ilustración mostraba una parada de bus con paredes de metacrilato translúcido por el paso del tiempo, lleno de graffittis. La única luz amarillenta de la farola solitaria hacía brillar la parte lateral de una lata de Coca-cola vacía en el suelo. Sobre el asiento,  mojado por el relente se encontraba un viejo bloc de dibujo abierto, lápices, sacapuntas y gomas de borrar sobre él.

Este dibujo final estaba firmado por Dani. Todavía quedaban páginas en blanco.

 

Trazos II

II

̶  Dani, levanta  ̶ dijo su madre. Ya era la hora de empezar el día. Para él solo habían pasado minutos desde que se durmió.

̶  Anda levanta que ya queda poco, el desayuno está preparado.

El olor a café que llegaba hasta la habitación, le animó. Tenía hambre.

̶ Mamá, ¿qué te parece si me encargo del desván?  ̶ comentó Daniel.

̶ Papá ¿qué te parece?  ̶ dijo Vanesa.

̶ Perfecto, hoy me encargaré del jardín trasero, si no necesitas que te ayude en otra tarea. Adelante  ̶ contestó Alfredo.

El desván estaba repleto de objetos tapados con sábanas cubiertas de polvo. Vanesa organizaría el mercadillo disfrutando como una niña con un juguete nuevo. Era difícil adivinar que se escondía debajo de los trapos amarillentos, pero no le importaría. Aquellos en condiciones de venta los apartará y el resto para restaurar si merecían ser salvados.

Daniel pasó entre los trastos hasta llegar a la única ventana que tenía la buhardilla. Sería un suicidio remover aquellos paños sin dejar un lugar de fuga a la cantidad de polvo depositado.

Una vieja bicicleta, varios percheros de madera, un sofá que necesitaría un buen tapizado, varias sillas, una mesita redonda… La mayoría solo necesitaba una limpieza a fondo.

Daniel bajó todo al garaje excepto un antiguo escritorio. Las cajoneras sobre las que reposaba el tablero estaban todas vacías. Le costó trabajo abrir el cajón central donde encontró una caja metálica con motivos infantiles. Guardaba una pequeña navaja con el mango de madera adornado por cuatro cartas de la baraja francesa. La metió en su bolsillo y reanudo las tareas de limpieza.

La oscuridad cayó sin apenas darse cuenta, aún era temprano. La tarde amenazaba lluvia y el cielo totalmente encapotado impedía el paso del sol, de pronto empezó a diluviar. El agua resonaba sobre el tejado, de vez en cuando los rayos alumbraban todo el recinto. La luz de uno de ellos dibujó a través del viejo papel pintado un rectángulo en la pared.

Daniel saco la navaja, la hundió por la ranura escondida siguiendo el recorrido que le marcaba, tiró del papel dejando al descubierto un panel que pudo retirar sin mucho esfuerzo. Tras él descubrió una nueva habitación. Entró con recelo, no podía ver nada, no encontraba el interruptor. Cayó un nuevo rayo, en ese breve espacio de tiempo le pareció distinguir una mesa, con un flexo y una librería tras ella, como pudo se aproximó para intentar probar si la pequeña lámpara de mesa funcionaba. Tras unos segundos encontró el cable que siguió hasta dar con la perilla. La luz de la bombilla titubeo hasta que Dani terminó de apretarla.

La estancia, un despacho con las paredes forradas de madera, una lámpara de araña en el techo y muebles antiguos resultaba confortable a pesar del olor a habitación cerrada. No tenía ventilación, solo una pequeña ventana redonda permitía la iluminación natural. Daniel no recordaba haberla visto desde el exterior.

Dani anduvo alrededor de la habitación inspeccionando todo, reparo en una caja forrada de cuero que asomaba tras unos libros mal apilados. Retiró los libros dejándola al descubierto, intentó abrirla de inmediato pero se encontró con la oposición del cerrojo que no había visto. El ojo de la cerradura estaba adornado por una orla metálica con motivos florales y una inscripción que rezaba “La abrirá la mano del muerto”. Quedó sorprendido por aquellas palabras, sorprendido pero a la vez le pareció algo familiar. Después de una hora desistió en adivinar el significado y abandonó el lugar.

Seis de la mañana, Dani saltó como un resorte de la cama. No había dormido bien durante la noche, no paraba de darle vuelta a aquella frase.

Se hizo interminable el tiempo que el PC tardó en cargar el sistema operativo y los programas. Al fin el icono de acceso a internet le abrió la puerta a la red. Cursor al navegador, la ventana de google apareció, introdujo la frase “la mano del muerto”. En menos de un segundo ya tenía los resultados de la búsqueda. Como primera opción encontró una entrada a la Wikipedia que definía la búsqueda:

«la mano del muerto es una jugada del juego de cartas del póquer. Se trata de una doble pareja de ases y ochos, y tradicionalmente es considerada una jugada que da mala suerte.

Origen

El 2 de agosto de 1876, James Butler Hickock, más conocido como “Wild Bill”, estaba jugando al póquer cuando un delincuente conocido como Jack McCall se deslizó tras él y le descerrajó un tiro en la nuca. Wild Bill cayó silenciosamente al suelo sin soltar las cartas que atenazaba sus dedos: una doble pareja de ases y ochos, que se conocería desde entonces como la “mano del muerto”».

La imagen de la navaja con aquella incrustación llegó como un flash, fue a buscarla y el tiempo se ralentizó al intentar recordar. Tuvo que rebuscar entre el montón de ropa sucia donde había dejado los pantalones, no tardó en encontrarla. Por fin la tenue luz del monitor le permito ver con claridad dos ases y dos ochos. Doble pareja de ases y ochos. “La mano del muerto”.

Una canita al aire

pareja en la camablog

Joder, joder, los papeles bajo el brazo. Mala idea, se me van a mojar los papeles. !Joder la lluvia! tengo que cubrirlos ponerlos a salvo.

Aquí parece el sitio perfecto.

El lugar era perfecto para cualquiera, menos para un escritor de bets sellers: una librería, docenas de personas que se abalanzaron sobre él con su último libro para la firma de rigor. Nunca fallaba a sus seguidores. Fuera dejó de llover, se disculpó mientras salía de espaldas a la puerta firmando los últimos ejemplares.

Pensó que sería buena idea hacer caso a sus allegados, empezar a utilizar el ordenador en vez de la pluma. Nunca se lo planteo, eso para él era incuestionable  si no ¿dónde está el romanticismo? Es cierto que la tinta de una buena impresora láser nunca pondría en peligro los escritos por culpa de la lluvia.

Una cerveza por favor —pidió en la barra del restaurante mientras esperaba a su cita.

No puede ser, de nuevo va a llegar tarde, esta mujer no tiene remedio. Cuando llegue lo mismo estoy en coma etílico. Tres interminables meses para poder quedar de nuevo, y como siempre tarde. ¡Mujeres!

Por fin se abrieron las puertas. El personal masculino del local no se contuvo ni un instante. Todas las miradas se centraron como el láser de un francotirador en un solo punto de su escote, para iniciar un tour por su cuerpo de arriba abajo. Al final voy a tener que liarme a hostias con todos estos enchaquetados del «spanish wall street». Gracias a Dios que cuando se acercó a mí se cortaron un poco, excepto esos últimos que le escrutaban el culo y que apartaron la mirada al sentir la mía.

Elisabeth sabía cómo llamar la atención, ese traje negro ceñido hasta impedirle respirar, las medias, los zapatos de tacón de aguja y esa sencillez suya para las joyas, un collar de perlas que resaltaban aún más su cara y esos ojos verdes que me atraparon desde el primer instante. La mujer perfecta.

—Tomas algo —pregunté

—Un gin tonic  Tanqueray con dos hielo por favor —el tono de su voz acompañaba su nivel cultural.

Elisabeth había trabajado en el hospital Mount Sinai de New York como cirujano cardiovascular, pero siempre quiso volver a España donde llegó con una plaza de jefa del servicio de Cirugía Torácica del Hospital Central.

Terminamos las bebidas y el metre nos acompañó a la mesa. Dimos el visto bueno al vino y se retiró mientras decidimos el menú.

Me fije que como siempre ella lleva el anillo de casada, por el contrario yo me lo quitaba dejando una absurda marca en el dedo anular.

Ella sabía que él estaba casado pero prefería quitárselo con la idea quizás de sentirse menos infiel.

No sé en qué momento se pudo interesar por mí. Un novelista, de éxito, pero imposible de mantener una conversación medio decente en su círculo de amistades.

La cena transcurrió entre miradas y palabras suaves que aumentó la libido en ambos. Salieron del restaurante pensando cada uno en comerse al otro entre besos y caricias en el hotel de siempre. No tenían claro si saldrían del ascensor totalmente vestidos. El camino se hizo interminable hasta llegar a la recepción pero por fin ya con las llaves llegaron al ascensor, donde se tuvieron que contener porque no estaban solos. ¡Vaya hombre que mala suerte! Los jubilados del chihuahua.

Deslizo mi mano  por su falda casi desabrochada bajando entre sus glúteos buscando su sexo.  Elisabeth se muerde el labio inferior para reprimir un gemido mirando al techo con los ojos en blanco. Los ancianos ni se inmutan.

Entraron en la suite y no llegaron a la cama cuando ya estaban desnudos. Él tumbado sentía la lengua de ella bajar por su pecho hasta donde el abdomen pierde su nombre, allí se entretuvo un rato, luego los papeles se invirtieron con una rapidez salvaje. La noche pasó como una ráfaga, sin tregua, sin descanso, como la primera vez. Siempre era como la primera vez. El sueño los sorprendió amaneciendo. Al poco sonó el teléfono, era tarde tenían que irse.

El mercedes salió rápidamente del garaje donde lo ella lo dejó la noche anterior, los dos estaban callados. Él dejó caer su mano sobre la pierna de ella y fue subiendo en busca del tesoro que se escondía tras aquella pequeña joya de la lencería. Ella la retiró.

— Estate atento a la carretera, no es momento de distracciones —dijo, no muy convencida.

Cruzaron la ciudad y llegaron a una casa ajardinada, bien cuidada en uno de los mejores barrios de la ciudad. Elisabeth se bajó del coche, él la siguió hasta la puerta como si no temiera que el marido estuviera dentro. De hecho no lo estaba.

Empezó a buscar las llaves en el bolso, cuando de repente la puerta sonó, se estaba abriendo. Seguramente estaría pensando en la excusa perfecta. No se había abierto totalmente cuando salieron dos niños de unos cinco y siete años gritando.

— ¡Papá, mamá un abrazo fuerte! —gritaron a la vez. La niña se aferró al cuello del padre y el pequeño hizo lo propio con la madre.

Tras ellos salieron los abuelos.

—Quedaos a desayunar —dijo el padre de Elizabeth.

—Ya es muy tarde papá, tenemos que ir a casa. Ya sabes, mañana trabajamos —contestó Elizabeth.

—Me lo esperaba, siempre tan ocupados. No sabéis donde tenéis la cabeza ¡Dios mío! —exclamó la madre.

Metió la mano en el bolsillo de la bata y la extendió.

— ¡Anda toma. Ayer tu marido se dejó encima del lavabo la alianza! Será mejor que lo vigiles, eso no es buena señal —le lanzó un guiño al yerno.

—No, no lo es. Un beso mamá, un beso papá.

Él sonrió.

Maleza VI

VI

Varias horas antes.

El autobús circulaba hacia el norte, lejos, muy lejos. Cada vuelta que daba las ruedas aumentaba la felicidad de Ruth que se encontraba jugando con el vaho en el cristal. Ahora podía leer el rótulo “salida de socorro” en las lunas laterales, nunca había ido al colegio y leía los carteles que pasaban raudos como balas. Su cerebro estaba abierto, una esponja, ahora comprendía cosas que ni el mejor de los científicos podía imaginar, no era normal el conocimiento que desembocaba en su cabeza, este era tal que por fin se dio cuenta de que ella no era una habitante más de la tierra: ella era la tierra, los bosques, las montañas.

Tenía la certeza de que nunca estuvo matriculada en colegio alguno, que las autoridades educativas – como en la mayoría de los casos  ̶  nunca se interesaron por su situación por una simple razón, no existía para el mundo, nunca fue filiada en el Registro Civil.  ̶ Puede que algún día perdone a mis padres  ̶ pensó fugazmente  ̶ o pensándolo mejor no ¿por qué debería hacerlo? en breve iré a visitarlos, tengo una conversación pendiente  ̶ pensó.

Bajó del autobús, pero antes de hacerlo se dirigió al conductor:

̶  Conduzca despacio, tenga cuidado. Llegará a tiempo para ver nacer a su nieto.

El hombre no daba crédito a las palabras, no le dio tiempo a preguntar cómo lo sabía, por la ventanilla la vio internarse entre la maleza del gran bosque del Norte. Creyó ver un resplandor esmeralda salir de entre las ramas y perderse poco a poco.

Ruth, lo comprendía todo:

“ES el bosque, tu padre ES el bosque… búscalo, ES el bosque”, “nadie me creyó, ¿por qué tendrías que creerme tú, ZORRA?”

Maleza V

V

Rodrigo era un hombre de costumbres y no podía faltar ni un solo día a su carrera matinal, aunque aquella mañana cuando sonó el despertador a las 6:00h. estuvo tentado de apagarlo y dejarlo pasar. La jornada anterior fue agotadora, llevaba varias semanas preparando el final de aquel interminable juicio. Hoy era el día en el que los testigos de su cliente eran sometidos a las preguntas de la fiscalía y la defensa. Tenía todos los puntos atados y bien atados. Escrupuloso, meticuloso y enamorado de su trabajo se había convertido en una pesadilla para el ministerio fiscal.

A pesar de todo, la duda solo fue pasajera. Saltó de la cama y en menos de 10 minutos ya estaba en la carretera. Le gustaba mezclar la carrera sobre el asfalto y el campo a través, así sufrían menos las articulaciones solía decir a menudo. Ya llevaba cinco kilómetros recorridos, el punto de no retorno, ahora el camino que debía emprender era de vuelta. Mentalmente le hacía parecer menos cansado solamente quedaba llegar a casa. Como siempre pasó de largo la parada del bus, rodeándola giró hacia el interior del bosque no sin antes pisar una lata de Coca-cola vacía que algún desconsiderado había tirado al suelo teniendo una papelera dentro de la marquesina. La maldijo con todas sus fuerzas no estaban sus tobillos para más disgustos.

Dejó a su espalda la calzada, fue desapareciendo poco a poco entre los árboles. ¡Qué distinto era correr por ese mullido suelo! La mayoría de las veces pasaba por ese sitio y aún se sentía maravillado como la primera vez. Aligeró el paso tanto como su sistema cardiorrespiratorio le permitía, calculando la distancia que le restaba por cubrir. En pocos minutos, llegaría al claro donde le recibía el sol de frente todas las mañanas.

Ya en principio le resultó raro no encontrar el camino entre las hierbas que las pisadas suyas y las de otros corredores o transeúntes habían hecho. A pesar de ello supo por dónde ir. La maleza que cubría el sendero parecía recién nacida de un verde de hierba nueva. Continuó por allí.

No era recomendable parar de golpe una carrera, la vuelta a la calma resultaba tan importante como el calentamiento inicial, pero Rodrigo no tuvo tiempo de eso. Paró en seco, jamás en sus 15 años de abogado criminalista había visto algo tan espeluznante como lo que tenía en frente. Miles de fotos y escenas de crímenes llenas de cadáveres destrozados habían contemplado sus ojos, al principio le costó acostumbrarse, pero eso ya pasó a la historia.

No pudo evitar vomitar lo poco que llevaba en el estómago. Quiso pensar que fue por la parada tan brusca pero en el fondo sabía que no. Delante de él se encontraba a varios metros sobre el suelo el cuerpo de un chico de piel morena. Por las palmas de sus manos y las plantas de los pies entraban raíces nudosas que lo mantenían suspendido, crucificado, desnudo. Las raíces salían por los ojos, oídos y fosas nasales. Había sangrado abundantemente por la herida abierta donde una vez hubo órganos genitales, estos estaban arrancados y metidos a la fuerza en la boca de la que sobresalían. Rodrigo entró en shock, no sabía si por la escena o por haber entendido que aquello no era obra de una persona o por lo menos no de una persona normal. Retrocedió sin apartar la mirada del cadáver para rodearlo y marcharse. Mientras lo hacía reparó en otra cosa que empeoró más si cabe su aturdimiento, en el pecho del joven sangraba las últimas gotas que aún le quedaba en las venas, atravesando la herida en la que se podía leer: Zorra.

Maleza IV

IV

̶ Grillo, date prisa no debe de estar muy lejos  ̶ Gritó el Canijo mientras Nacho y Marcelo continuaban adentrándose en el bosquecillo. Juntos llegaron a un claro cubierto por plantas herbáceas que les llegaban en la mayoría  de los casos por encima de las rodillas. Permanecieron parados unos instantes para decidir hacia donde reanudar la búsqueda, entonces se les unió Grillo.

̶ ¡Todavía no habéis dado con ella! Sois unos inútiles  ̶ les echó en cara al resto de la tropa.

̶ No éramos nosotros los que teníamos los pantalones por los tobillos  ̶ se atrevió a decir Nacho avalado por su segundo puesto al mando.

El resto no pudieron contener unas risas que fueron apagadas de repente con una mirada fulminante del Grillo.  ̶ Ya hablaremos luego  ̶ les dijo, lo que ocasionó una mirada entre ellos sabedores de lo que aquellas palabras significaban.

̶   ¡Sal de donde estés,  zorra! Da la cara.

Zorra, retumbó en la cabeza de Ruth. A pesar de lo valiente que aparentaban ser, ahora ella sentía sus miedos, su baja valía como personas. Olía sus feromonas, escuchaba sus latidos acelerados y el movimiento de las manos temblorosas de Marcelo, inicio inequívoco del síndrome de abstinencia.

Zorra, era la palabra mágica.

Ruth decidió abandonar el lugar seguro de su escondite y se plantó delante de ellos. Estaba totalmente desnuda, la cabeza como siempre gacha con el pelo que le impedía ver su cara, sus brazos relajados caían a ambos lados de su cuerpo que ahora parecía menos adolescente, las manos descansaban sobre sus muslos extendidas a lo largo de estos sin intención de ocultar su sexo.

¿Zorra?  ̶  pensó

̶  ¡Por fin has entendido el mensaje, zorra! Ven será todo más sencillo  ̶ dijo el Grillo.

Ruth levantó la cabeza poco a poco mientras que de su cuerpo empezó a emanar fluorescencias esmeraldas cada vez más potentes que la rodeó por completo. Sus pies empezaron a separarse del suelo y cuando por fin clavó sus blancos ojos en los cobardes adolescentes, estos sintieron que se les helaba el alma. Ruth ya estaba por encima de la maleza y avanzaba como empujada por el aire hacia la pandilla de indeseables. La  maleza fue vistiendo su desnudo cuerpo de hojas verdes y raíces nuevas hasta cubrirla totalmente. Solamente manos y cabeza permanecieron libres.

El Grillo y compañía intentaron salir corriendo, pero creyeron que el miedo los tenía paralizado. Las piernas les pesaban no eran capaces de levantar un pie del suelo, las raíces de los árboles los tenían atrapados de tobillo para abajo. El sudor acudió raudo a sus frentes, el Canijo sintió húmeda la entrepierna. Se había orinado encima.

̶  ¿Zorra? ¡Que valientes!, ¿cuatro contra una? ¿Así os hacéis hombres? ¡Impediré que eso ocurra!

Fue la primera vez que escucharon la voz de Ruth, pero a pesar de ello sus labios no se habían movido.

El canijo, con la cara desencajada, los ojos abiertos de par en par sentía como el pecho aumentaba de tamaño a la altura del esternón. Ya debía estar muerto cuando la raíz atravesó su tórax, los pies quedaron liberado de su presa suspendido en un aire cada vez más espeso y difícil de respirar. Bien sujeto quedó con la barbilla pegada al cuerpo, la cabeza flácida, sangrando por los siete orificios del cráneo de forma abundante.

Nadie podía apartar la mirada de aquel dantesco suceso. Nacho, el siguiente, sentía un cosquilleo que fue aumentando hasta convertirse en un dolor inaguantable, raíces muchos más pequeñas empezaron a salir por sus orificios nasales, sus ojos, sus oídos… Sentía como avanzaba por dentro abriéndose pasó a través de su tráquea hasta los pulmones destrozados por tanto tabaco. Ruth dejó de escuchar los latidos de su corazón a la vez que el cuerpo de este caía hacia delante fracturandose los tobillos que aún se encontraban presos por la maleza. Ahora sólo percibía el olor rancio del miedo, sangre y dos corazones desbocados.

No faltaban los ruegos, gritos de súplica y solicitudes de perdón que fueron desestimados sin mediar palabra.  ̶ Ahora ¿no?, ¡cobardes! ¿Dónde está esa virilidad?

̶  pensó. Automáticamente la oyeron como si en voz alta se hubiera dirigido a ellos.

De la nada, de la oscuridad de la noche, de lo más profundo de aquella arboleda surgieron, con la rapidez del ataque de una cobra cuatro ramas que apresaron a Marcelo por brazos y piernas. Las raíces que lo tenían sujeto al suelo desaparecieron.

Crujían. Las ramas crujían mientras se retraían elevando el cuerpo del joven hasta tenerlo a una altura que  ya era imposible de superar por la dirección de dónde venían los tentáculos del bosque. Inmóvil, en cruz con las piernas abiertas, doloridas por la tracción. Ruth se acercó a él y colocó su cara a escasos centímetros del muchacho mientras el cuerpo cada vez se tensaba más. Marcelo sabía que iba a morir. Sus ojos se clavaron en los de Ruth y no le quedó la menor duda, en ellos veía el infierno. Ruth inclinaba la cabeza de izquierda a derecha coincidiendo con el aumento de la tracción.

 ̶ Despacio, muy despacio  ̶ pensaba. Aquello solo lo escucho el bosque que siguió sus órdenes. Las articulaciones crujían, Marcelo gritaba, las ramas se tensaban, las articulaciones crujían.

Ruth dejó al chico ahí, mientras los tentáculos seguían haciendo su trabajo.

Se dirigió ahora al Grillo, que hacía varios minutos había perdido el control de sus esfínteres. Apestaba para cualquier persona normal, para Ruth era insoportable. Se mantuvo separado de él varios metros sin dejar de mirarlo, no le importaba en absoluto los gritos que tras de sí continuaba dando Marcelo, las articulaciones crujían.

̶  Ahora, te toca a ti. Te he dejado para el final, me gustan las cosas bien hechas  ̶ estas palabras resonaron en el cerebro del Grillo mientras escuchaba gritar a su amigo tras ella. Veía como se estaba literalmente partiendo en dos. Una mitad salió disparada hacia el interior del bosque, donde se perdió y la otra quedó en el suelo sin brazo ni pierna que se perdieron en la oscuridad. Sus articulaciones dejaron de crujir.

Maleza III

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III

Ruth los escuchaba acercarse. Pasos firmes de botas militares y puntas de acero cada vez más cerca, ella no levantaba la cabeza. En su interior, pobre ilusa, creía que si no entablaba contacto visual con ellos la dejarían en paz. Así se comportaban ciertos animales, pero estos eran mucho menos inteligentes.

Cerca, muy cerca se oían los pasos. Ruth permanecía con la cabeza gacha, se estremeció al ver las punteras relucientes de las botas de uno de ellos. Acto seguido sintió un fuerte dolor en la cabeza y el cuello al resistirse cuando le tiraron del pelo de forma brusca. El dolor que sentía cuando su padre hacía lo mismo al intentar forzarla por detrás. El recuerdo le produjo arcadas incontrolables que irritaron al resto de los salvajes que la tenían rodeada.

̶   Ni se te ocurra mancharme con tus asquerosas babas, cerda. ¡Levántate!  ̶ le ordenó el Grillo, sobrenombre que se entendía por el color moreno de su piel, mientras la mantenía agarrada por el cabello y la cabeza forzada hacia atrás.

Ruth no abrió los ojos, tenía todos sus sentidos bloqueados. Desgraciadamente, por las experiencias que había tenido que pasar en su corta vida sabía cómo dejar la mente en blanco. Nunca se atrevió a defenderse de las caricias paternas, su reacción fue instintiva. Oía, pero no escuchaba, no sentía el viento en su cara, ni siquiera sentía que estaba respirando. Su cuerpo estaba allí pero ella no.

Aquello enfureció al Grillo que tiro de ella sin soltarla del pelo y la sacó de la marquesina estrellándose contra el asfalto sobre el que arrastró la cara desarrollándose. La sangre acudió rápidamente  a las heridas de la mejilla.

̶   ¡Vamos Canijo ahí tienes a esta guarra, demuestra que eres de los nuestros!  ̶ gritó al más joven de todos mientras el resto aullaban al unísono: ¡uhhh!, ¡uhhh!, ¡uhhh!, ¡uhhh!…

El joven estaba paralizado, nunca había pensado tener el bautismo de sangre tan pronto, solo llevaba como discípulo un mes escaso. Tenía que hacerlo porque no encajaba en ningún sitio fuera del grupo.

̶  ¡Qué te pasa, tienes miedo!  ̶ Grillo esbozo una leve sonrisa y continuó su intimidación atacando el orgullo del adolescente.  ̶  ¡Te da miedo esta porquería de tía! Mira te lo pondré más fácil.

Se acercó a Ruth, puso su bota sobre la mano derecha y dejo caer todo su peso sobre la misma mientras arrastraba su pie hacia la punta de los dedos donde incidió con mayor fuerza. Terminó con esa mano y repitió lo mismo con la otra. Los gritos de Ruth se perdía entre la arboleda que llegaba prácticamente hasta la parada de bus.

̶  ¡Vamos, ya no podrá arañarte esta cerda!

El canijo, se armó de valor arropado por los gritos de sus hermanos de armas.

̶   ¡Prepárate guarra, vas a conocer a un hombre de verdad!

Ruth no se movía, permanecía bocabajo, mientras el canijo arrodillado a su lado empezó a levantarle la falda. Ella sintió su asquerosa mano deslizarse entre sus muslos y como de golpe le arrancaba las bragas.

̶  Vaya, vaya qué calladito te lo tenías  ̶ le susurró el canijo al oído mientras seguía mancillando su cuerpo.

Estaban tan seguros de su impunidad que ni siquiera se ocultaban a pesar de la iluminación artificial. Hacia una noche perfecta, no corría una brisa de aire, no se oía nada, solo los leves sollozos de Ruth.

̶   ¡Ya está bien Canijo ya has demostrado tu valía, ahora a la cola!  ̶ dijo Grillo mientras se desabrochaba los pantalones, tiempo que aprovechó Ruth para salir corriendo hacia la arboleda.

̶  ¡Coged a esa puta, destrozadle la cara y esperad a que llegue!  ̶ gritó el matón de tres al cuarto al tiempo que se subía los pantalones que le impedía correr. Siempre resultaba difícil correr con los pantalones por los tobillos.

Nada más pasar la primera fila de árboles empezó a sentirse mejor, le volvían las fuerzas poco a poco a pesar de su frágil cuerpo. Usó esa fuerza extra que le produjo la inundación de adrenalina en el torrente sanguíneo para adentrarse más y más en la protección que el pequeño bosque le ofrecía. Cuando se sintió a una distancia prudencial de sus perseguidores se ocultó tras el tronco más robusto que halló, apoyada de espaldas a él con las manos sujetas para no caer empezó a recobrar el resuello. Pasados unos minutos que le parecieron eternos intentó continuar su huida. Le fue imposible, tenía las manos cubiertas por la corteza del árbol en el que descansaba. Aquello la asusto, no veía sus manos entre el leñoso guante que la unía a él.

̶ ¡Dios mío, estoy perdida!  ̶ No entendía lo que le estaba ocurriendo, se quedó bloqueada física y mentalmente al tiempo que empezaba a sentir una fuerza impropia en ella. Los sentidos se agudizan, ahora podía oír cada hoja mecida por el viento, el chirriar de las ruedas sobre el asfalto del autobús que aún estaba por llegar y que circulaba a más de 500 metros de la parada. Las pisadas de cada uno de los matones que la seguían, la cantidad de sonidos embotaban su sentido. El olor a tierra mojada, al tronco del árbol cubierto de musgo, a los restos de Coca-cola de aquella lata vacía, el sudor mezclado con colonia barata de uno de sus perseguidores, el inconfundible aroma a hachís que se escondía en el doble fondo del cinturón de Nacho, los olores embotaban su sentido. Podía ver al pequeño grillo en la rama más alta de la arboleda, podía ver todos los detalles como si estuviera a plena luz del día, un haz de luz tenue que se colaba por un claro le molestaba y la obligó a cerrar los ojos, tal agudeza visual embotaba su sentido.

Con los ojos cerrados, empezó a tener el control sobre sí misma. Discriminó los ruidos que no le interesaban, al igual que los olores que no le valían de nada en esa situación y cuando se abrieron los ojos las pupilas verdes habían desaparecido, todo en ellos era blanco, su agudeza visual seguía intacta. Todo iba en automático, pensó en liberarse y la corteza del tronco se retiró lentamente dejando ver unas manos perfectas, sin heridas, como si nada hubiera ocurrido. Ruth se llevó las manos a la cara, la notó tersa, suave. No sangraba ni notaba abrasiones. Por primera vez tenía muy claro lo que hacer.

Se sentía libre, se sentía limpia, se sentía bien.

Maleza II

dibujo marina Fawn -maleza-

II

Solo quedaba subir la cuesta y encarar los 400 metros hasta la parada. Interminable se le hacía a Francisco llegar, pero el autobús ya gastado por el tiempo no daba para más. Tenía la sensación de que el reloj se había parado desde que dos estaciones atrás recogiera a cuatro jóvenes cuyos atuendo despejaba cualquier duda sobre la pertenencia a las bandas callejeras que marcaban su territorio en esa parte de la ciudad.

Ellos no tenían la culpa de ser el producto de los cambios educativos que desde hacía varios años los diferentes gobiernos venían haciendo. Estaban “condenados” a permanecer en los colegios hasta la edad de 16 años, sin motivación alguna para el estudio, se veían dejados a su suerte por un sistema educativo equívoco y sin consenso que premiaba la ley del menor esfuerzo. La falta de estudios, junto a la marginalidad, el paro y el descontento de la juventud los llevaban directamente al ingreso en este tipo de bandas exportadas de Latinoamérica, en la que se les ofrecía una identidad, algo por lo que luchar y un ideario que calaba en este caldo de cultivo, fruto de la ignorancia y la falta de cultura.

Se sentían muy fuertes dentro del grupo, pero uno por uno no valían nada. Cuanto más fuerte, más despiadado, más vándalo o en más manifestaciones habían participado rompiendo el medio pacífico de reivindicación sin importarle la ideología de aquella, más subía en el escalafón del respeto: el macho alfa. No eras nadie si no había sido detenido o apedreado a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, si no habías quemado una bandera o la foto del Jefe del Estado. Mucho no sabían para que servía eso pero daba igual, el objetivo era trepar. Últimamente se veían legitimados por el apoyo que algunos partidos políticos les ofrecía a boca llena, eran los “héroes” del antisistema, la excusa perfecta para estigmatizar a la Policía.

Francisco se sentía tranquilo en su habitáculo del conductor seguro por el acristalamiento de protección.

̶  Ya queda poco, ahí está la parada, menos mal  ̶ Pensaba en sus hijos y su mujer. Aquel trabajo no le agradaba mucho pero no cabía otra posibilidad, era un afortunado por poder llevar un jornal a casa.

El autobús paró en su sitio justo, antes de bajarse los únicos pasajeros. Estos se acercaron al cristal y lo golpearon fuerte para llamar la atención de una delgada y solitaria adolescente que estaba sentada en la parada. Cuando el más alto de todos vio como la chica levantaba la cabeza, lamió el cristal con los ojos desencajados de forma lasciva. Ella ni se inmutó.

̶  Pobre chica  ̶ pensó Francisco.

El autobús, que conjuntaba perfectamente con el resto del mobiliario urbano se fue alejando, lo último que pudo ver Francisco por el retrovisor fue como se acercaban a ella como una manada de lobos, con esa particular forma de andar copiada de las bandas latinas que admiraban tanto, pero que solo conocían por las películas.

  ¡Pobre chica!

Maleza I

Sin título

I

La luz de las farolas apenas incidían con fuerza alrededor de su mástil sobre el suelo húmedo, el rocío a esas horas lo empapaba. Cerca de una de ellas, a lo lejos se divisaba una parada de bus con paredes de metacrilato translúcido por el paso del tiempo, opacos por la multitud de Grafitis que las bandas callejeras dejaban como señas de identidad: “este es mi territorio” se podía leer entre otros. También desde la lejanía se dejaba observar tras la marquesina la silueta de una joven. Mal momento y mala hora para estar allí.

La chica de piel pálida, ojeras y delgadez enfermiza estaba acurrucada con las manos juntas entre las piernas y apoyada sobre el cristal. A pesar de su apariencia desaliñada algún día debió de ser una de las más populares de su instituto, y perseguida por los chicos cuando seguramente aún conservaba esa belleza natural, extraña, entre lo gótico y lo gore, ahora solo era el reflejo de lo que debió ser las drogas,  la anorexia, quién sabe.

Realmente Ruth, que así se llamaba, no tuvo una infancia muy feliz, nunca fue la más popular de su clase y mucho menos perseguida por los chicos. Maltratada por su padre y encerrada por su madre durante varios días por el simple hecho de haber tenido la primera menstruación, entre otras vejaciones maternas, marcó su vida para siempre. Cualquier excusa era suficiente para hacer recaer la ira de unos padres sobre una hija no deseada. Su madre siempre la culpó de haber sido la causa del fracaso de su vida, vida que se vio truncada cuando con 17 años se quedó embarazada por su mala cabeza y la hundió en las responsabilidades de la maternidad. Madre soltera en una familia marcadamente religiosa que no dudó en abandonarla a su suerte mucho antes de que naciera Ruth.

En cuanto al padre, que no lo era de forma biológica; no necesitaba excusa alguna, solo la veía como un cuerpo bonito, un trozo de carne caliente al que poder acercarse cuando su mujer perdía la conciencia por culpa de la droga o el alcohol y al que no dudaba en golpear al menor atisbo de resistencia. 

Ruth nunca llegó a conocer a su verdadero padre, su madre eludía cualquier pregunta al respecto. A veces en medio de las alucinaciones o del delirium tremens, cuando abandonaba de golpe el alcohol en un arrebato de intentar encauzar su ya descarrilada vida, balbuceaba frases inconexas referidas al progenitor, “en el bosque, tu padre en el bosque… búscalo en el bosque”, “nadie me creyó, ¿por qué tendrías que creerme tu, zorra?” – refiriéndose a Ruth  ̶

̶  Mamá qué te estás haciendo  ̶  pensaba la joven cada vez que veía como su madre, la que nunca la quiso, se retorcía fruto de sus alucinaciones y locuras.

Fueron muchas veces, había perdido la cuenta, en las que tuvo que ayudar a su madre colocando su maltratado cuerpo en posición de defensa para que no se ahogara en su propio vómito. Sin duda aquello no era vida para una menor. Cuando la veía de esa forma sentía una sensación entre pena, amor y lástima, al fin y al cabo era su madre, de otra forma hubiera dejado que la regurgitación inundara sus pulmones hasta encharcarlos, arrancando esa miserable vida. Seguramente se hubiera sentido libre.

A pesar de todo, ella no se sentía desdichada porque no había conocido otro tipo de vida, aislada totalmente de la sociedad. Nunca fue al colegio, ni al instituto, no tenía amigos, solo se dejaba ver cuando acudía con sus padres al supermercado una vez al mes. Nunca llegó a hablar con alguien, eran los padres los únicos que lo hacían, ella solo iba como mera espectadora para posteriormente ser aleccionada sobre las perversidades que habían conocido en el recorrido mensual. El resto del tiempo lo pasaba encerrada en su cuarto obligada a leer la Biblia o haciendo los quehaceres de la casa, totalmente aislada de cualquier contacto con la civilización. Esta era la forma de tenerla protegida, le había hecho saber su madre en muchas ocasiones.

La adolescencia como en cualquier joven la hacía sentirse diferente, tenía la cabeza llenas de preguntas sin nadie a quien plantearlas. Llevaba varias semanas con sueños raros, sudores nocturnos, mareos e incluso alguna que otra alucinación. No podía entender el porqué se sentía tan atraída por el bosque, olía la tierra mojada mezclada con  las hojas de aquellos árboles caducos que cubrían el suelo como una alfombra. Solo había un problema que no comprendía, su casa se encontraba en las cercanías de un bosque, pero el que la atraía sobremanera se encontraba a 50 kilómetros de distancia. Era ese el que le obligó a vencer su miedo a las represalias de sus padres si descubrían que había saltado por la ventana y huido cuando el sol se había puesto. Era tarde para echarse atrás, ahora solo quedaba esperar a que llegase el autobús que le conduciría a su destino. No sería el próximo,  el suyo era el número 19.

“En el bosque, tu padre en el bosque… búscalo en el bosque”, “nadie me creyó, ¿por qué tendrías que creerme tú zorra?” “¡Zorra, zorra, zorra!” resonaba en su cabeza una y otra vez.