Las Gaviotas

Alojamiento

Ese viento que la acompañó toda su vida al pasear junto el acantilado le golpeaba arrastrando finas gotas de lluvia. Se relajaba paseando tranquilamente lejos de la casa de la colina, esa misma casa a la que ahora mira desde el borde del precipicio.

Las gaviotas revoloteaban a su alrededor atrapadas en la brisa marina y la tenue lluvia, sus manos arrojaban migas de pan y restos de pescado que había sobrado en la comida. Ya oscurecía, pero le impresionaba cada día ver como al ritmo que la noche caía las luces de los candelabros se asomaba a las ventanas del caserón.

Las gaviotas seguían revoloteando, sería el pan y el pescado.

No guardaba muy buenos recuerdos de su vida en aquella casa, esas maderas carcomidas habían sido testigo de muchas vejaciones a las que era sometida por aquel viejo borracho. Marido de conveniencia. A sus 25 años debía soportarlo, aguantar sus babas, el aliento alcohólico y ese olor a orín rancio de su «querido esposo». Sentía nauseas de solo pensarlo. El único momento del día en el que era más o menos feliz transcurría en sus paseos vespertinos que se alargaban hasta que el sol se ocultaba tras el horizonte cediendo el puesto a la Luna que aparecía tras la mansión.

Judith Morgan era una mujer menuda, frágil, de piel cenicienta y ojeras de no dormir. Una mujer amargada a pesar de sus años, no soportaba el destino que sus padres le dieron para poder mantener la casa a costa de la mejor o peor fortuna del viejo adinerado.

La noche cayó fresca, llegó la hora de volver a casa, lanzó lo que quedaba del pan y el pescado por el despeñadero. Mientras caían las gaviotas se los arrebataron a la noche o entre ellas, otros llegaron hasta abajo golpeando las rocas, otros caían al mar y pocos sobre el Señor Morgan. Su cabeza estaba abierta y la sangre transcurría por las hendiduras de las rocas hasta llegar al mar donde se convertía en un hilo de seda rojo que se difuminaba entre la espuma de las olas. Esa tarde Judith no salió a pasear sola.

Las gaviotas revoloteaban sobre él, sería el pan y el pescado. — murmuraba Judith.

 

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