Maleza II

dibujo marina Fawn -maleza-

II

Solo quedaba subir la cuesta y encarar los 400 metros hasta la parada. Interminable se le hacía a Francisco llegar, pero el autobús ya gastado por el tiempo no daba para más. Tenía la sensación de que el reloj se había parado desde que dos estaciones atrás recogiera a cuatro jóvenes cuyos atuendo despejaba cualquier duda sobre la pertenencia a las bandas callejeras que marcaban su territorio en esa parte de la ciudad.

Ellos no tenían la culpa de ser el producto de los cambios educativos que desde hacía varios años los diferentes gobiernos venían haciendo. Estaban “condenados” a permanecer en los colegios hasta la edad de 16 años, sin motivación alguna para el estudio, se veían dejados a su suerte por un sistema educativo equívoco y sin consenso que premiaba la ley del menor esfuerzo. La falta de estudios, junto a la marginalidad, el paro y el descontento de la juventud los llevaban directamente al ingreso en este tipo de bandas exportadas de Latinoamérica, en la que se les ofrecía una identidad, algo por lo que luchar y un ideario que calaba en este caldo de cultivo, fruto de la ignorancia y la falta de cultura.

Se sentían muy fuertes dentro del grupo, pero uno por uno no valían nada. Cuanto más fuerte, más despiadado, más vándalo o en más manifestaciones habían participado rompiendo el medio pacífico de reivindicación sin importarle la ideología de aquella, más subía en el escalafón del respeto: el macho alfa. No eras nadie si no había sido detenido o apedreado a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, si no habías quemado una bandera o la foto del Jefe del Estado. Mucho no sabían para que servía eso pero daba igual, el objetivo era trepar. Últimamente se veían legitimados por el apoyo que algunos partidos políticos les ofrecía a boca llena, eran los “héroes” del antisistema, la excusa perfecta para estigmatizar a la Policía.

Francisco se sentía tranquilo en su habitáculo del conductor seguro por el acristalamiento de protección.

̶  Ya queda poco, ahí está la parada, menos mal  ̶ Pensaba en sus hijos y su mujer. Aquel trabajo no le agradaba mucho pero no cabía otra posibilidad, era un afortunado por poder llevar un jornal a casa.

El autobús paró en su sitio justo, antes de bajarse los únicos pasajeros. Estos se acercaron al cristal y lo golpearon fuerte para llamar la atención de una delgada y solitaria adolescente que estaba sentada en la parada. Cuando el más alto de todos vio como la chica levantaba la cabeza, lamió el cristal con los ojos desencajados de forma lasciva. Ella ni se inmutó.

̶  Pobre chica  ̶ pensó Francisco.

El autobús, que conjuntaba perfectamente con el resto del mobiliario urbano se fue alejando, lo último que pudo ver Francisco por el retrovisor fue como se acercaban a ella como una manada de lobos, con esa particular forma de andar copiada de las bandas latinas que admiraban tanto, pero que solo conocían por las películas.

  ¡Pobre chica!

Maleza I

Sin título

I

La luz de las farolas apenas incidían con fuerza alrededor de su mástil sobre el suelo húmedo, el rocío a esas horas lo empapaba. Cerca de una de ellas, a lo lejos se divisaba una parada de bus con paredes de metacrilato translúcido por el paso del tiempo, opacos por la multitud de Grafitis que las bandas callejeras dejaban como señas de identidad: “este es mi territorio” se podía leer entre otros. También desde la lejanía se dejaba observar tras la marquesina la silueta de una joven. Mal momento y mala hora para estar allí.

La chica de piel pálida, ojeras y delgadez enfermiza estaba acurrucada con las manos juntas entre las piernas y apoyada sobre el cristal. A pesar de su apariencia desaliñada algún día debió de ser una de las más populares de su instituto, y perseguida por los chicos cuando seguramente aún conservaba esa belleza natural, extraña, entre lo gótico y lo gore, ahora solo era el reflejo de lo que debió ser las drogas,  la anorexia, quién sabe.

Realmente Ruth, que así se llamaba, no tuvo una infancia muy feliz, nunca fue la más popular de su clase y mucho menos perseguida por los chicos. Maltratada por su padre y encerrada por su madre durante varios días por el simple hecho de haber tenido la primera menstruación, entre otras vejaciones maternas, marcó su vida para siempre. Cualquier excusa era suficiente para hacer recaer la ira de unos padres sobre una hija no deseada. Su madre siempre la culpó de haber sido la causa del fracaso de su vida, vida que se vio truncada cuando con 17 años se quedó embarazada por su mala cabeza y la hundió en las responsabilidades de la maternidad. Madre soltera en una familia marcadamente religiosa que no dudó en abandonarla a su suerte mucho antes de que naciera Ruth.

En cuanto al padre, que no lo era de forma biológica; no necesitaba excusa alguna, solo la veía como un cuerpo bonito, un trozo de carne caliente al que poder acercarse cuando su mujer perdía la conciencia por culpa de la droga o el alcohol y al que no dudaba en golpear al menor atisbo de resistencia. 

Ruth nunca llegó a conocer a su verdadero padre, su madre eludía cualquier pregunta al respecto. A veces en medio de las alucinaciones o del delirium tremens, cuando abandonaba de golpe el alcohol en un arrebato de intentar encauzar su ya descarrilada vida, balbuceaba frases inconexas referidas al progenitor, “en el bosque, tu padre en el bosque… búscalo en el bosque”, “nadie me creyó, ¿por qué tendrías que creerme tu, zorra?” – refiriéndose a Ruth  ̶

̶  Mamá qué te estás haciendo  ̶  pensaba la joven cada vez que veía como su madre, la que nunca la quiso, se retorcía fruto de sus alucinaciones y locuras.

Fueron muchas veces, había perdido la cuenta, en las que tuvo que ayudar a su madre colocando su maltratado cuerpo en posición de defensa para que no se ahogara en su propio vómito. Sin duda aquello no era vida para una menor. Cuando la veía de esa forma sentía una sensación entre pena, amor y lástima, al fin y al cabo era su madre, de otra forma hubiera dejado que la regurgitación inundara sus pulmones hasta encharcarlos, arrancando esa miserable vida. Seguramente se hubiera sentido libre.

A pesar de todo, ella no se sentía desdichada porque no había conocido otro tipo de vida, aislada totalmente de la sociedad. Nunca fue al colegio, ni al instituto, no tenía amigos, solo se dejaba ver cuando acudía con sus padres al supermercado una vez al mes. Nunca llegó a hablar con alguien, eran los padres los únicos que lo hacían, ella solo iba como mera espectadora para posteriormente ser aleccionada sobre las perversidades que habían conocido en el recorrido mensual. El resto del tiempo lo pasaba encerrada en su cuarto obligada a leer la Biblia o haciendo los quehaceres de la casa, totalmente aislada de cualquier contacto con la civilización. Esta era la forma de tenerla protegida, le había hecho saber su madre en muchas ocasiones.

La adolescencia como en cualquier joven la hacía sentirse diferente, tenía la cabeza llenas de preguntas sin nadie a quien plantearlas. Llevaba varias semanas con sueños raros, sudores nocturnos, mareos e incluso alguna que otra alucinación. No podía entender el porqué se sentía tan atraída por el bosque, olía la tierra mojada mezclada con  las hojas de aquellos árboles caducos que cubrían el suelo como una alfombra. Solo había un problema que no comprendía, su casa se encontraba en las cercanías de un bosque, pero el que la atraía sobremanera se encontraba a 50 kilómetros de distancia. Era ese el que le obligó a vencer su miedo a las represalias de sus padres si descubrían que había saltado por la ventana y huido cuando el sol se había puesto. Era tarde para echarse atrás, ahora solo quedaba esperar a que llegase el autobús que le conduciría a su destino. No sería el próximo,  el suyo era el número 19.

“En el bosque, tu padre en el bosque… búscalo en el bosque”, “nadie me creyó, ¿por qué tendrías que creerme tú zorra?” “¡Zorra, zorra, zorra!” resonaba en su cabeza una y otra vez.